Una escuela
Hola:
Soy una escuela, si, una de tantas escuelas de este país llamado México, ya llegué a la edad de las ilusiones, es decir, a los 15 años de existencia.
Me construyeron en la orillita del Estado de Baja California, en la ciudad que le dicen la más visitada del mundo, Tijuana, no les creas eso de ser la más visitada, eso sólo sucede principalmente, por todos los habitantes que aprovechan la situación laboral y económica de los USA.
La famosa Tijuana, la que es tocada casi por todos y amada por casi nadie, pero ustedes si. Tijuana mi ciudad, la mía; violenta, suave y tierna a la vez.
Vivo muy pegadita a la línea internacional, desde mis azoteas puedo ver claramente el temible cerco de metal acanalado y de color fierro viejo, que divide y a la vez une a dos países completamente diferentes, el de ellos, lleno de incongruencias, y el mío, lleno de injusticias.
Algunos me dicen colegio, otros me dicen el kinder, otros el Juana Lino, pero mi nombre favorito es escuela, ese es el que más me gusta.
Soy parte de la colonia Las Torres de Otay, aquí la cosa es difícil, muy difícil, es en una zona de la ciudad dónde nadie sabe lo que cada día pasará.
Aquí suceden cosas serias, muy serias para la vida humana, casi todos las noches escucho sirenas rompiendo el silencio nocturno, aullidos que me aturden y que delatan el dolor y la desesperación de algunos mis colonos.
Veo, desde mis tapias, las filas de luces rojas y amarillas, veloces y apresuradas, linternas oscilantes que iluminan la bóveda de las estrellas de las noches.
Noches de amenazas causadas por bravucones que con actos vandálicos nutren de noticias tristes a nuestra comuna, así es donde yo vivo.
¿Cómo es dónde tu vives?, ¿Es igual? Sólo tu lo sabes…
Pero aun con todo eso, no temo ser lo que soy, es más, me gusta ser cómo soy, lo disfruto y vivo plenamente para lo que fui hecha, para ser escuela.
¿Sabes? Este año terminaron de pintar mis bardas y paredes con mi color favorito, el color del saber y la verdad, el color de la inteligencia, del amor más profundo, del amor que dicen por allí, duele, el color amarillo.
Todas las mañanas de lunes a viernes y algunas veces los sábados y domingos, me despiertan con el cosquilleo de una llavecita que conozco perfectamente, cuándo se desliza en mi cerradura para abrir mis puertas blancas, puertas que me protegen y que delimitan el ser la calle y el ser una escuela.
A veces, lo hace la Profra. Rosita, linda profesora con toda la experiencia de una vida de risas, de letras, de acentos y de gises.
Ella, con su sonrisa de niña, con sus manos suaves y amorosas, con sus bendiciones a flor de labios, otras veces, el Sr. Alejandro, ese señor de sonrisa tierna y amable, el que se encarga de limpiar mi carita, todos los días, y que me repara cuándo algo de mi se rompe o se daña, él, que está acostumbrado a los gritos de auxilio, que soporta los fríos, las lluvias, los malos olores, la basura, que guarda lo que ya no sirve para luego usarlo.
Don Alejandro, que con la ayuda de sus compañeros me dejan lista, como si fuera yo a ir a una fiesta, si eso es, cada día de clases es una fiesta para mí.
Y a partir de allí, comienza una nueva parte de mi historia, una nueva oportunidad de sentirme mas viva, de gozar al máximo mi existencia…..
Este año ha sido lleno de cosas lindas, de cosas tristes también, recuerdo a todos los que se han ido para no regresar, por yo, los bendigo, les deseo lo mejor.
Ha habido de todo, visitas al Zoológico, visitas que pretenden solamente integrar, unir y disfrutar de la compañía de todos, de padres, alumnos y maestros.
Yo, me quedo preocupada cuando lo hacen, no puedo hacer otra cosa desde aquí, cuando se marchan en busca de ser mejores, cuando se alejan de la protección de mis patios.
No lo niego, también soy feliz cuando comparto de ellos, a mis queridos alumnos, cuando se van en autobuses rentados, a veces en muy mal estado y que usan las calles llenas de baches y basura en el trayecto de sus viajes, calles llenas de peligro y riesgo, calles de mi ciudad, simplemente para llegar a su destino, autobuses que van regando por el aire los cánticos infantiles que los acompañan.
Este año, hubo desfiles, dos por cierto, marchas llenas de color, de alegría, de música, de mantas, de rompecabezas, de giros, banderas y de hechos de amor.
Desfiles que desde lejos formaron una silueta de lo que somos, un todo, un sentimiento, un símbolo de un mañana, de un futuro, de una pesca, de un seguir por el camino.
Se llevaron a cabo diversas visitas a centros educativos de la ciudad, recuerdo en especial, la del CECUT.
Esa enorme esfera posada en una de las esquinas más transitadas de mi ciudad, esfera que significa la cultura, esfera de color de tierra noble y fértil, esfera de sombras y de caras infinitas que con la luz del día y de las estrellas, suben al cielo para etiquetar por siempre su existencia, gracias por existir.
No faltaron las campañas de vacunación, hechas para proteger de males incurables que privan la vida sana, de prevenir dolores, de evitar lamentos y penas para mis alumnos, gracias Pasteur, gracias Jenner, Robert Koch, Gelming y Kitasato, por su talento contra la difteria y el tétanos, gracias Léon Calmetre y Camille Guérin, por su genio contra la tuberculosis, Jonas E. Salk por tu maravilla contra la poliomielitis, John F. Enders el del sarampión, Thomas H. Séller, por tu coraje en la batalla ganada contra la rubéola, muchas gracias a todos.
Me gustó mucho el convivio del día del amor y la amistad, el de febrero.
Amor, palabra verdadera, palabra de raudales, palabra perfecta, la que es hecha para vivirse, para comerse a puños, y mancharnos la boca con ella y para no limpiarla jamás. Ese día lo recordaré por siempre al igual que todos, pero ese será muy especial, muy diferente.
Bien recuerdo a mis niños en el evento de rondas infantiles, actividad en la cual por medio del talento nato del movimiento de todos ellos, pude sentir las caricias de los pasitos en mis patios, del toque de las suelas de sus zapatos, del roce de sus rodillas.
Aun hay por allí pedazos de tela de sus uniformes, y aun siento el calor de sus manos, y lo que más disfruté de ese día, del brillo del color de sus ojos, cuando casi tocaban sus caras en mis suelos y que me hicieron sonreír y me hicieron llorar, los amo, mis niños, los amo.
Y que decir, del talento que me mostraron el día del concurso de declamación, evento que llegó por fin para aquí quedarse, tiemblo de alegría cuando todos se acercaron a las letras, a las rimas, a los versos, a los pensamientos de seres humanos, que nos brindan su corazón con sentimientos puros y de entrega a la vida.
Compartí con ustedes la emoción del llegar a donde llegaron en compañía de todos.
Al final, cuando se fueron, y me quede yo sola, con los letreros pegados en las grandes mantas del color de los besos, es decir el rojo, aun había ecos de los aplausos, ecos de los latidos de sus corazones, de imágenes de cuándo algunos de ustedes no encontraron en su memoria la parte siguiente de su texto, y no olvidaré jamás, cuándo se iban lentos y algunos rápido a esconder su angustia, envueltos en una túnica invisible de dolor y que se refugiaban en las paredes de mis salones.
Pero que alegría recordar los abrazos de sus padres, de sus amigos que allí estaban para todos ustedes. Y si yo hubiera podido habría brincado de gusto por haber escuchado el nombre del ganador, un niño tímido y tierno, que esa mañana de sol, demostró a todos que el sentimiento da vida. Gracias Roberto, ganaste una victoria contra ti mismo. Felicidades.
Recuerdo, cuando fueron a conocer el olor de la tinta, a mirar los bultos y los interminables rollos de papel de una imprenta.
Cuando tuvieron la bendita oportunidad de conocer el ruido de nacer un libro. ¡Qué bello día fue ese!
Hubiera yo, sin dudarlo, cambiado el ser escuela por un momento, para poder haber ido con ustedes, estoy llena de libros, miles y miles de libros han pasado por mis salones, libros que aun recuerdo, yo soy un libro, ¡pero no conozco una imprenta!, ustedes si, gracias doy a quien se le ocurrió llevarlos allí, no importa que yo no haya ido, lo que importa es que ustedes si.
Nunca lo olviden, lean todo lo que puedan en su vida, es una forma muy buena de vivir, nunca dejen de hacerlo, nadie es más importante que una letra tras otra, es mas, puedes ser mucho mejor persona si siempre lo haces, pero nunca serás mejor que una letra.
¡Ha y que decir de las matrogimnasias!, labor que aglutina las manos de hijos y padres para disfrutarse, para convivir, para crecer y hacer feliz el corazón.
El uso de las cuerdas, los conos, los aros, los balones, los silbatos de mando que sirven para alinear sus ojos a un punto de partida y comenzar enseguida un juego acompasado, y logrando con sus actos, el hilvanar un tejido maravilloso que queda impreso en los pastos y en las hojas caídas de los arboles del parque, objetos que son míos, y que me platican de sus vivencias cuando al final de la jornada los regresan a sus baúles e inician su descanso, y sueñan el ser usados de nuevo por todos ustedes.
Me puse contenta el día que vi llegar a unos señores en un vehículo grande y de color rojo, seres que supe después eran una docena de valientes, que con la ayuda de mangueras, un raro disfraz de color negro y un chorro de agua, ganan día con día grandes victorias, ellos los bomberos, titanes que no saben de las horas del reloj cuando están en sus faenas, y que apagan los fuegos y rescatan las vidas arriesgando las suyas propias si dudarlo.
Bomberos, ángeles vivientes para nuestra ciudad, seres plateados por dentro, seres de poder forjados en el calor de las llamas.
Mi mayor reconocimiento por lo que hicieron con mis alumnos, cuando enseñaron y dieron una mejor oportunidad de alargar la vida al evitar posibles desastres en sus hogares.
Y que decir de la feria de la Compresión Tuya (Feria del Libro), evento que ni siquiera el mal tiempo pudo desquilatar el valor de ese hecho. Se hizo tal y como estaba planeado, sólo que un poco más húmedo por las gotas de la lluvia.
Ese día hubo un encuentro muy íntimo con la lectura, las destrezas y las habilidades de maestros, alumnos y padres de familia se pusieron a la luz del día.
Ese día me sentía la escuela más sabia en la literatura, todo el evento formaba una manada de conocimientos, de juegos atractivos y de estrategias orientadas al saber.
Un día, amanecieron ocho palitos clavados en el suelo en uno de mis patios, unos palitos atados a hilos color amarillo, bien derechitos, formaban una figura cuadradita, no entendía que estaba pasando, yo me preguntaba ¿para qué eran?
Miré unos dibujos de algo así como una casita, bonita, con una escalera que me emocionaba de lo linda que se veía, era muy parecida a las que hacen cerca de los ríos, creo le llaman palafito.
De repente, llegó un camión lleno de madera, con un montón de bolsas con tornillos y piezas de metal color plata.
Al paso de dos semanas, con el sonar de sierras, taladros, martillos, algunas cortadas y muchos machucones de dedos, poco a poco iba naciendo lo que hoy es un orgullo para mí…
Cuando ya casi era el final, por cierto, un día antes del festival que celebra a los niños, abrí mis ojos muy de mañana, era un día espléndido, lleno de luz de sol y un viento suave que me acariciaba como queriendo celebrar conmigo.
Una enorme y hermosa casa de juego, supe después, le pusieron “LA CASA DEL ARBOL”, es ahora, uno de los espacios favoritos compartidos por mis alumnos, allí, juegan, conviven y sueñan a ser lo que ya son, seres con propósito bueno, cuando juegan en ella, se convierten en maestros, alpinistas, exploradores, escultores, pintores, científicos y lectores, pero sobre todo en buenos amigos.
Llegó el día más esperado por los pequeñines, el de celebrar el festival de su día, el de los niños, en esa ocasión, los padres de familia se entregaron con dicha y gozo a sus hijos.
Padres de familia, convertidos en timones para llegar más fácil a la algarabía de saberse mejores, demostrando con hechos el poder del querer.
Fue una feria de regalos, teatro, danza, música, y sobre todo de sabores gustosos cómo el de azúcar y el bombón.
Al final, los alumnos sintieron el manto de amor y entrega de sus padres, y volaron unidos, como vuelan pájaros, formando algo parecido a un tren de vagones de familia, remontándose lejos y alto, uno en cada ala, impulsados a un viaje sin fin, al país de las sonrisas y el placer.
Una mañana, llegaron muchas de las madres de familia, como casi nunca lo hacen, sin sus hijos de la mano, sin prisas y pareciéndose a las más graciosas, finas, delicadas y lindas muñecas de porcelana.
Y cómo no habrían de hacerlo, si era ese el momento en que se celebraría lo que se debería de celebrar todos los días, el ser madre, palabra natural, abundancia, promesa, desvelo, pacto, y juramento.
Madre, palabra vena por donde salen chorros de poder, de amor, de espera y conducción.
Los maestros, se transformaron en artistas, en comediantes, en bailarines que aporrearon mis suelos con sus taconeos; se brindaron con gusto y pasión.
Gracias familia Plasencia por su generoso y desinteresado gesto, gracias Don José, le debo una, he visto crecer a sus hijos, en especial a su varoncito, gracias.
Llegó una noche, en que pude disfrutar de mis alumnos a la luz de las estrellas y la luna, el campamento, la noche en que pude ver como cerraban sus ojitos para entrar lentamente al mundo de los sueños, sueños que compartí con ellos.
Queda en mi memoria, grabado por siempre el hecho sutil de ver magia, cuando vencidos por el cansancio uno a uno iban cayendo entre mis brazos. Esa noche fue la que más disfrute y no me dormí ni un segundo, para poder vigilar de todos ellos, para acompañarlos, creo mas bien, ellos me acompañaban, esa noche, no me sentí sola.
Cosa de Dios, esa noche no se escuchó ninguna sirena de las que estoy acostumbrada a vivir en esta colonia.
Así pasó este ciclo escolar, este tiempo de vida, esta oportunidad de seguir viva, de seguir en la prosperidad de actos que me hacen sentir lo que más me gusta ser, una escuela.
Ya pronto vendrán los tiempos en que me quedaré sola, tiempos en que llorarán lagrimas algunos de mis alumnos, tiempos de nuevos caminos, tiempos de recoger la cosecha, tiempos de celebrar victorias, tiempos de olvidar derrotas.
Aquí esperaré, para cuando regresen, aquí me quedaré en un sueño para no sentir el tiempo, aquí paciente, lista y segura para recibir a los que ya conozco, a todos, maestros, alumnos y padres de familia, esa trinidad familiar.
Abriré mis ojos esa mañana, la del inicio de nuevo ciclo, en que La Profra. Rosita o el Señor Alejandro, me despierten de nuevo, con un suave cosquilleo de la llave que por quince años ha abierto mi puerta.
Buscaré a cada uno de ustedes, y los saludaré como lo hago casi siempre de uno por uno.
Seguro me aprenderé rápidamente todos los nombres y sobre todo el brillo de los ojos de los nuevos alumnos, porque los de ustedes, nunca los olvidaré, Dios me dio ese don.
Alumnos nuevos, niños y niñas, vidas que llegarán a vivir lo que ustedes ya son, unos Juana Lino por el resto de sus vidas.
Vendrán a convivir con todos nosotros la experiencia educativa del color amarillo, y sabrán de los Ruiz Ponce, de los Flores Guerrero, de los Rodríguez Serratos, de los Yañez Tinoco, de los Vaca Rivas, de los Herrera Lezama, de los Saavedra Méndez, de los López Cabera, de los Morales Pérez, los Morga García, de los Alvarez Magdaleno y de todos ustedes, mis admirables alumnos.
Disfrutarán, de las sombras de mis arboles, de la magia de mis rincones de descanso, del olor a los recreos, del sabor de las clases, del ruido de las letras y la luz de los colores, pero sobre todo, de encontrar aquí, amigos para siempre.
Queridos alumnos, queridos maestros y queridos padres de familias, aquí esperaré por ustedes, aquí estaré para ustedes.
Atentamente
Una escuela
La que le dicen la Juana Lino, la de Las Torres, la que está cerca del Oxxo, la del castillito y de los delfines, la del color amarillo.
Gracias por ser ustedes parte de mí, gracias...


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