Tierra Seca
Cuenta la leyenda, que justo aquí, en la ciudad de Tijuana, existió alguna vez un pedazo de tierra olvidado por el hombre…
Ahí, no crecía nada, todo estaba seco, la tierra estaba tan seca que solo había grandes piedras.
Todos los días, cómo a eso de las 6:30 de la mañana, una linda señora, de cabello largo y negro, y con unos ojos que parecían esferas de marfil incrustadas con zafiro, llegaba, y se quedaba contemplando ese pedazo de tierra, pensaba cómo podría darle vida.
Se la pasaba pensando y pensando, por casi dos horas, para después irse muy triste por no encontrar la forma de cómo cambiar ese lugar, eso lo hacia todos los días.
Cuándo ella se había ido, en el cielo, una Nubesita Blanca, así cómo nuestro Señor, se quedaba un rato, viendo y pensando cómo hacerle para que en ese pedazo de tierra, creciera una flor, claro que la pequeña Nube, cómo a casi todos los niños, le daba flojera levantarse tan temprano cómo lo hacia la señora bonita, la que se sentaba sobre la piedra más grande por las mañanas.
La Nubesita, llegaba a eso de las 9 de la mañana y por eso no encontraba nunca a la linda señora de cabello como las tiras de trigo pero pintadas de negro. Era por eso que nunca podían encontrarse juntas las dos, eran muy diferentes.
Un buen día, la pequeña Nubesita, se levantó mas temprano que de costumbre, y así pudo encontrar a la señora, la de los ojos de marfil y zafiro, quien estaba sentada como todos los días en el mismo lugar, en la misma piedra, que era su favorita, la de ese pedazo de tierra seca y olvidada.
La Nubesita, cómo era muy curiosa, empezó a hablarle desde arriba decía.
- Oye, oye tu, si tu, la que esta sentada en la piedra.
La señora, volteaba para todos lados, pero no veía a nadie.
La Nubesita empezó a enojarse, como era su costumbre, así era, muy enojona y berrinchuda, pero muy bella en su corazón, eso si, sin lugar a dudas, pero en esta ocasión lo hacía por que no la tomaban en cuenta.
Y volvía decir con voz suave pero firme.
- Oye tú, no me oyes, te estoy hablando, estoy aquí arriba de ti, en el cielo, voltea y mírame.
La señora de repente volteó a donde vive el sol y vio a la pequeña Nubesita y pensó:
- Creo que estoy imaginando cosas, las Nubes no hablan.
La Nubesita adivinó lo que ella pensaba y le dijo:
- Las nubes si hablamos, yo te estoy hablando.
La señora le preguntó:
¿Qué es lo que quieres?
La Nubesita contestó:
- Todos los días vengo a este pedazo de tierra y la riego para ver si crece alguna flor, pero no pasa nada.
Y la señora le dijo:
- Yo también vengo todas las mañanas y pienso cómo haré para y hacer crecer una flor en esta tierra tan seca.
Pero se me ocurre que si trabajamos juntas las dos y con la ayuda de unos soldaditos de metal, quizá lo logremos.
La Nubesita le dijo:
- Ahorita regreso, voy a decirle a mis amigas las otras Nubes que nos ayuden.
A partir de ese día, todas las mañanas, todos unidos empezaron a trabajar, a las nubes se les hacía muy raro que la señora bonita, la de las manos chiquitas y de sonrisa infantil, hacía muchos hoyos y en lugar de sembrar flores, ponía troncos, las nubes se enojaban y una vez le dijeron…
- Queremos flores, no troncos.
Ella les contestó con voz fuerte y a la vez suave:
- Tengan paciencia, y ya verán, aquí crecerán las flores más bellas del mundo, ya lo verán.
Pasaron los días y los meses, lo que la señora formó fue algo parecido a una casa, pero con muchos cuartitos, muchos, muy bonitos, adornados de manteles, de metales y de manzanas de cera.
Ya terminada la casa, les dijo a las Nubes:
- Ahora tiene que regar esta tierra con más fuerza y entusiasmo que nunca, háganlo entre todas. Y verán ustedes que las flores empezarán a crecer.
A los pocos días, al llegar todos a la casa, notaron que pequeñas flores silvestres, muy pequeñas, así como la gustaban a la señora de mirada suave.
Eran flores exquisitas, sencillas y muy silvestres, eran las más hermosas que habían nacido en ese mundo, crecieron por todas partes.
Eran tan hermosas, que hasta un viejo y enorme roble que por ahí estaba se inclinaba todos los días para saludarlas a todas, pues eran de una belleza sin igual.
Así poco a poco, la casa se llenó de estas lindas flores, todos estaban tan felices que se le ocurrió ponerle un nombre a la casa y la llamaron ESCUELA y a las pequeñas florecitas, las nombraron NIÑOS.
Y desde ese entonces se dice que esa escuela todavía existe y los niños siguen creciendo día con día, así como lo hacen las florecitas silvestres, y además la señora y la Nubesita todos los días los acompañan.
Fin
Ahí, no crecía nada, todo estaba seco, la tierra estaba tan seca que solo había grandes piedras.
Todos los días, cómo a eso de las 6:30 de la mañana, una linda señora, de cabello largo y negro, y con unos ojos que parecían esferas de marfil incrustadas con zafiro, llegaba, y se quedaba contemplando ese pedazo de tierra, pensaba cómo podría darle vida.
Se la pasaba pensando y pensando, por casi dos horas, para después irse muy triste por no encontrar la forma de cómo cambiar ese lugar, eso lo hacia todos los días.
Cuándo ella se había ido, en el cielo, una Nubesita Blanca, así cómo nuestro Señor, se quedaba un rato, viendo y pensando cómo hacerle para que en ese pedazo de tierra, creciera una flor, claro que la pequeña Nube, cómo a casi todos los niños, le daba flojera levantarse tan temprano cómo lo hacia la señora bonita, la que se sentaba sobre la piedra más grande por las mañanas.
La Nubesita, llegaba a eso de las 9 de la mañana y por eso no encontraba nunca a la linda señora de cabello como las tiras de trigo pero pintadas de negro. Era por eso que nunca podían encontrarse juntas las dos, eran muy diferentes.
Un buen día, la pequeña Nubesita, se levantó mas temprano que de costumbre, y así pudo encontrar a la señora, la de los ojos de marfil y zafiro, quien estaba sentada como todos los días en el mismo lugar, en la misma piedra, que era su favorita, la de ese pedazo de tierra seca y olvidada.
La Nubesita, cómo era muy curiosa, empezó a hablarle desde arriba decía.
- Oye, oye tu, si tu, la que esta sentada en la piedra.
La señora, volteaba para todos lados, pero no veía a nadie.
La Nubesita empezó a enojarse, como era su costumbre, así era, muy enojona y berrinchuda, pero muy bella en su corazón, eso si, sin lugar a dudas, pero en esta ocasión lo hacía por que no la tomaban en cuenta.
Y volvía decir con voz suave pero firme.
- Oye tú, no me oyes, te estoy hablando, estoy aquí arriba de ti, en el cielo, voltea y mírame.
La señora de repente volteó a donde vive el sol y vio a la pequeña Nubesita y pensó:
- Creo que estoy imaginando cosas, las Nubes no hablan.
La Nubesita adivinó lo que ella pensaba y le dijo:
- Las nubes si hablamos, yo te estoy hablando.
La señora le preguntó:
¿Qué es lo que quieres?
La Nubesita contestó:
- Todos los días vengo a este pedazo de tierra y la riego para ver si crece alguna flor, pero no pasa nada.
Y la señora le dijo:
- Yo también vengo todas las mañanas y pienso cómo haré para y hacer crecer una flor en esta tierra tan seca.
Pero se me ocurre que si trabajamos juntas las dos y con la ayuda de unos soldaditos de metal, quizá lo logremos.
La Nubesita le dijo:
- Ahorita regreso, voy a decirle a mis amigas las otras Nubes que nos ayuden.
A partir de ese día, todas las mañanas, todos unidos empezaron a trabajar, a las nubes se les hacía muy raro que la señora bonita, la de las manos chiquitas y de sonrisa infantil, hacía muchos hoyos y en lugar de sembrar flores, ponía troncos, las nubes se enojaban y una vez le dijeron…
- Queremos flores, no troncos.
Ella les contestó con voz fuerte y a la vez suave:
- Tengan paciencia, y ya verán, aquí crecerán las flores más bellas del mundo, ya lo verán.
Pasaron los días y los meses, lo que la señora formó fue algo parecido a una casa, pero con muchos cuartitos, muchos, muy bonitos, adornados de manteles, de metales y de manzanas de cera.
Ya terminada la casa, les dijo a las Nubes:
- Ahora tiene que regar esta tierra con más fuerza y entusiasmo que nunca, háganlo entre todas. Y verán ustedes que las flores empezarán a crecer.
A los pocos días, al llegar todos a la casa, notaron que pequeñas flores silvestres, muy pequeñas, así como la gustaban a la señora de mirada suave.
Eran flores exquisitas, sencillas y muy silvestres, eran las más hermosas que habían nacido en ese mundo, crecieron por todas partes.
Eran tan hermosas, que hasta un viejo y enorme roble que por ahí estaba se inclinaba todos los días para saludarlas a todas, pues eran de una belleza sin igual.
Así poco a poco, la casa se llenó de estas lindas flores, todos estaban tan felices que se le ocurrió ponerle un nombre a la casa y la llamaron ESCUELA y a las pequeñas florecitas, las nombraron NIÑOS.
Y desde ese entonces se dice que esa escuela todavía existe y los niños siguen creciendo día con día, así como lo hacen las florecitas silvestres, y además la señora y la Nubesita todos los días los acompañan.
Fin


0 Comments:
Post a Comment
Subscribe to Post Comments [Atom]
<< Home